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¿Por qué las Empresas fracasan?


Las razones podrán ser muchas, pero ataca la razón principal y no fracasarás. Luego de 25 años en consultoría y de visitar a cientos de empresas en México, por desgracia no hay una sola razón. Podríamos hacer una lista de treinta a cuarenta opciones, pero creo que será de mayor provecho explorar la causa principal del fracaso de las empresas y sus raíces

Empezaremos al otro lado de la cancha. ¿Por qué las empresas tienen éxito y de dónde viene este? En mi opinión, el logro de las organizaciones radica y depende de la dirección, del dueño o del director general de la empresa. Es decir, la persona que tiene la última palabra, la cabeza de la organización, quien determina, conduce y logra el éxito. Es así, no importa si hablamos del hombre más rico del mundo o del dueño de la tienda de la esquina, cualquiera de ellos tiene nombre y apellido. Queramos o no, el director general o dueño se convierte en el factor más importante en los negocios.

Las estadísticas de las empresas respaldan esta conclusión. La tasa de sobrevivencia de las empresas familiares a una segunda generación es solo de 30%. Por más que queramos pensar que hay otras razones más importantes, el dueño o director general es determinante. Esto es aún más obvio cuando una empresa va iniciando. Más claro que el agua no puede ser, las empresas no nacen solas, alguien se atrevió a poner un negocio y solo con determinación, trabajo y esfuerzo personal la empresa nació y fue avanzando.

Por supuesto, todo empezó con un sueño: iniciar y mantener un negocio. Al paso de tiempo, el director general, con su visión personal, da sentido al negocio y poco a poco, más personas se unen a la aventura, pero siempre la cabeza es vital, es el ingrediente esencial. Por eso, en las portadas de las revistas aparecen las fotografías de los empresarios más importantes de México, porque entendemos que ellos son los responsables del éxito de sus empresas.

Me llamó la atención lo que le sucedió a una empresa textil mexicana, con unos quinientos trabajadores que fabricaban productos de buena calidad. Los dueños, que eran la segunda generación, me mostraban los estados financieros y una fotografía de un barco llegando a Veracruz. Los hijos del dueño, recién fallecido, me platicaron que su papá había llegado a México treinta años antes y su primer logro fue poner la fábrica, que ahora era su herencia.

Los estados financieros presentaban algunas pérdidas, pero la situación no era grave. Sin embargo, los hijos no querían problemas y decidieron cerrar la empresa. Si su papá todavía viviera, estoy seguro de que la empresa aún existiría.

Si desde el principio y hasta al final, el éxito de la empresa tiene que ver con la cabeza, no debería parecer tan raro que el fracaso también. Claro, podemos estar hablando de la misma persona, el que fue la razón del éxito pasado, es parte muy importante del fracaso actual. Las cosas han cambiado, pero el director no. Lo que funcionaba antes, ya no funciona. Obvio, no tiene que ser así.

Sin embargo, es difícil cambiar de visión, de rumbo, y abandonar soluciones del pasado para encontrar las soluciones de hoy. No se trata de cambiar por cambiar, sino de emprender las acciones necesarias para enfrentar realidades nuevas y diferentes.

El fracaso de las empresas ocurre cuando el directivo pone únicamente sobre sus hombros la responsabilidad de manejar, administrar y dirigir su empresa. Ante problemas que parecen interminables, las crisis constantes, la presión insoportable, el fracaso llega cuando el directivo se encierra en su pequeño mundo, aislado, con su reducido grupo de colaboradores, aferrado a luchar, pero sin saber contra qué.

Está solo. No ha visitado a un cliente en meses. No tiene tiempo para ir a una conferencia, a un desayuno o a una agrupación. Recibe todas las revistas, pero no tiene tiempo de leerlas. Está acosado, estresado, no duerme bien. Su pesadilla nocturna a las tres de la mañana es ¿cómo voy a pagar la nómina, el seguro social, los impuestos o conseguir algún crédito? Claro se trata de dinero, que no hay y que no se puede conseguir.

El fracaso viene con este aislamiento, el equivalente de encerrarse en un cuarto de cuatro paredes, solo con sus miedos, angustias y su calculadora. En ese cuarto obscuro, nace la desesperación y la idea de que ya no se puede seguir adelante o peor: “tengo que trabajar más, cargar la empresa sobre mis hombros, sacrificarme lo que sea necesario”.

No por nada Sören Kierkegaard se refiere a la desesperación como “la enfermedad mortal”. Estoy convencido de que esta es la razón principal, tanto del fracaso personal como del fracaso en las empresas.

Fiel a mi profesión de consultor, estoy más interesado en buscar soluciones que en seguir describiendo el problema. Propongo definir cómo se puede resolver el aislamiento impuesto por las circunstancias, por uno mismo o por sus colaboradores.

Paso uno a la solución: ningún hombre es una isla

Aunque fueras el director general o el dueño absoluto de una empresa, no vas a poder manejar la empresa solo. Nunca. Si tu empresa tiene problemas y debilidades sal de tu cuarto obscuro y comparte los problemas con tu gente. ¿Con tus cinco colaboradores favoritos? No. Con todos, absolutamente con todos los de tu empresa. No me refiero a algo ridículo, como presentar los estados financieros a todo el mundo, sino a transmitir a la gente, el por qué todos forman parte de un equipo y están en un mismo barco.

Se tiene que pedir a todos su esfuerzo para trabajar por el negocio. La gente tiene que saber que la empresa debe ganar dinero y para ganarlo, todos tienen que hacer bien las cosas, sin desperdiciar material, esfuerzos o tiempo. Quedarte solo, absolutamente solo, con tu responsabilidad, es garantía de fracaso. Si los integrantes de la empresa entienden la situación por la que se atraviesa, existe la posibilidad de éxito. Surge la esperanza de que la gente responderá y la esperanza es más poderosa que la desesperanza.

En alguna ocasión estaba con la directora general de uno de los corporativos más importantes de México y me dijo que sentía el agua hasta el cuello y que el nivel estaba subiendo todavía más. Le respondí, pues, “jala el tapón de la tina”, y riendo, me contestó, “sí, verdad”. Unas semanas después, reunió a las 1,400 personas de su organización para informales cómo se encontraba la empresa, contra cuáles competidores se estaban enfrentando y explicó la única forma en la que la empresa podría sobrevivir, todos tendrían que trabajar más, con más enfoque, con cero errores y con menos conflictos.

La empresa con muchos años en México ya había tenido siete directores generales, pero era la primera vez en treinta años que la dirección reunía a toda la gente para explicar específicamente qué iba a pasar y que el resultado dependía de todos. Por supuesto, el siguiente paso fue demostrar a la gente con acciones que a la empresa en verdad le interesaba involucrarlos a todos. Es decir, hablar era solo el inicio.

Paso dos a la solución: ¿para qué te pagan?

Lo he preguntado a muchísimos profesionistas, pero nunca atinan a la respuesta. Piensa un segundo. ¿Para qué te pagan? Daré mi respuesta favorita: te pagan para pensar. Claro todos pensamos. Pero las empresas nos pagan para pensar en cómo mejorar el negocio y poner en marcha los cambios.

Para pensar mejor, salte de tu cuarto obscuro. Habla con un cliente, un proveedor, un supervisor, un empleado. Invita a comer a un trabajador. Si quieres, invítame a comer. Ve a un curso. No vayas a la oficina mañana —haz lo que hace el hombre más rico de México—, siéntate en el jardín de tu casa durante dos horas y piensa: ¿Qué puedo hacer diferente? ¿Cuáles son las oportunidades del momento? ¿Qué cosas están ocurriendo en la empresa? De todo lo que haces, realmente, ¿no hay otra persona en tu empresa que pueda hacerlo igual o mejor que tú? No hablo de una delegación absoluta, sino de quién puede hacer la talacha y ahorrar tiempo tuyo, para que tú hagas cosas todavía más importantes para el futuro de la empresa.

Si todos pensamos, como consecuencia habría mejoras, innovaciones, iniciativas y cambios. Un producto nuevo. Un servicio nuevo. Sin innovación ni cambio, las empresas mueren. Como dijo Albert Einstein, “Locura es hacer lo mismo una vez tras otra y esperar resultados diferentes”. Al final, tenemos que encontrar cosas nuevas para hacer o hacer lo mismo de otra forma, de una manera distinta y mejor.

Paso tres a la solución: el aquí y el ahora

Allá afuera hay personas y empresas que requieren de tu negocio. Están haciendo cosas diferentes todos los días. Tienen hambre. Quieren “comerse tu empresa”. No están esperando a que las cosas mejoren, ni a ver cómo está la economía, ni contestan “me interesa, pero háblame en unos seis meses”. Ellos son una verdadera amenaza. Pero no son tu problema. Tu problema es otro: es tu enfoque, tu organización o tu falta de organización.

Las empresas que crecen año con año y dominan su mercado, se mueven a lo que parece velocidad luz, comparado con la mayoría de las organizaciones. Conozco una empresa que abre un nuevo restaurante cada semana, durante todo el año, mientras su competidor con un mejor producto y servicio, abre uno, cada año y medio. Después de un año, ¿de quién crees que es el mercado?

A los psicólogos nos encanta “el aquí y el ahora”. ¿Para qué tardar un año en hacer lo que puedes hacer en una semana? Entonces, como lo he mencionado, hay que salir del aislamiento, del bloqueo, de la incomunicación y claro, hay que pensar constantemente qué daría mejores resultados. Pero teniendo claro lo que hay que hacer hoy, en el aquí y en el ahora. Claro, siempre habrá el riesgo de equivocarse. Por eso se debe pensar muy bien. El mayor riesgo es no hacer nada, porque esto pone en desventaja a tu empresa frente a las empresas que sí se están moviendo.

Lo que he visto una y otra vez es que la mayoría de los empresarios, para no errar, no toman iniciativas importantes con rapidez. Miden los riesgos y los vuelven a medir y todavía los vuelven a medir. Al final, toman las acciones, pero ya es tarde. Si no actúas hoy, mañana será tarde. Cuando esto es “la forma” en la que opera una empresa, es parte del fracaso que seguramente vendrá.

Para ir aclarando, tú no eres la razón del fracaso de tu empresa, pero tú sí eres la solución. Eres quien puede dar la visión a tu gente para que te siga. Eres quien puede abrir las puertas y ventanas a una colaboración en conjunto. Eres quien puede tener contacto con mucha gente para definir rumbos y para determinar acciones. Eres quien puede asegurar que las cosas se hagan hoy. Tú eres la solución. Pero nunca solo. Estar en medio de la gente, frente a la gente, atrás de la gente es la solución.

Eso se llama liderazgo.

Por Kenneth J. Progatsky Young
Director General
Instalaciones en Productividad, S.C.




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